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miércoles, 29 de diciembre de 2010

JALAL AL-DIN MUHAMMAD RUMI






 


Somos ladrones encantadores,
que robamos corazones,
y nunca desfallecemos,
porque somos los amigos del Uno.

El tiempo de los viejos sermones
ha pasado, nosotros apuntamos directamente
al corazón.

Si la mente intenta entrar a hurtadillas
  y tomar el mando,
nosotros le echaremos el lazo
sin demora.

Convertimos el veneno en medicina
  y nuestras penas en bendiciones.

Todo lo que nos era familiar, a quienes amábamos
y a nosotros mismos,
tuvimos que dejarlos atrás.

Bendito sea el poema que viene
a través de mí,
pero no de mí,

Porque el sonido de mi propia música
ahogaría la canción de Amor.



jueves, 11 de octubre de 2007

Poema RUMI



Yalal ud-Din Rumi


"¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozco a mí mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la existencia, ni de la entidad.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Jurasán.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán.
Mi lugar es el sin lugar, mi señal es la sin señal.
No tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Estoy embriagado con la copa del Amor, los dos mundos han desaparecido de mi vida; no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana".


Fragmento extraído del libro de Yalal ud-Din Rumi, Poemas
sufíes, Madrid: Hiperión, 1988. La versión es de Alberto Manzano.

viernes, 27 de julio de 2007

LA VIDA DE RUMI





La vida y el entorno espiritual de Mevlana Yalal al-din Rumi

En las últimas décadas del siglo XX, la influencia espiritual de Mevlana Yalal al-din Rumi está siendo percibida con fuerza por personas de diferentes credos a través del mundo Occidental. Él está siendo reconocido acá en Occidente –tal como lo ha sido durante siete siglos en Medio Oriente y Asia Occidental—como una de las figuras literarias y espirituales más importantes de todos los tiempos.
Se han expuesto diferentes cualidades de Rumi, producto de una variedad de nuevas traducciones que han aparecido durante la década de los ochenta. Ha sido presentado como refinado y sensual, como sobrio y extático, como profundamente serio y extremadamente divertido, como elevadísimo y muy accesible. Es signo de su profunda universalidad el que haya sido tantas cosas para tantas personas.

La vida de Rumi
Yalal al-din Rumi nació en 1207 en Balkh en lo que hoy día es Afganistán. A temprana edad, su familia dejó Balkh por el peligro de invasión de los mongoles y se estableció en Konya, Turquía, que era entonces capital del Imperio Selyuk. Su padre Bajaudín era un gran maestro religioso por lo que asumió un puesto en la Universidad de Konya.
La primera educación espiritual de Mevlana fue bajo la tutela de su padre Bajaudín y luego bajo la del amigo cercano de su padre, Sayyid Burjanedín de Balkh. Las circunstancias bajo las cuales Sayyid toma a su cargo la educación del hijo de su amigo son interesantes: Sayyid estaba en Balkh, Afganistán, cuando a la distancia percibió la muerte de su amigo y comprendió que debía ir a Konya para asumir la educación espiritual de Yalal al-din. Llegó a Konya cuando Mevlana tenía cerca de veinticuatro años y durante nueve años lo instruyó en la “ciencia de los profetas y los estados,” comenzando con un retiro de cuarenta días estricto y siguiendo con varias disciplinas de meditación y ayuno. Durante ese tiempo Yalal también vivió cerca de cuatro años en Aleppo y Damasco estudiando con algunas de las mentes religiosas más grandes de la época.
Con el paso del tiempo, Mevlana creció en conocimiento y en conciencia de Dios. Finalmente Sayyid Burjanedín sintió que había cumplido su cometido respecto de Mevlana, y quiso vivir el resto de sus años en aislamiento. Le dijo a Mevlana:
“Ya estás preparado, hijo mío. No tienes igual en ninguna de las ramas del aprendizaje. Te has convertido en un león del conocimiento. Yo también soy un león y no es necesario que los dos estemos acá; por eso quiero marcharme. Más aún, un gran amigo vendrá a ti y serán cada uno el espejo del otro. Él te guiará hacia las partes más profundas del mundo espiritual, y tú lo guiarás a él. Cada uno de ustedes complementará al otro, y serán los mejores amigos del mundo entero.”
Y así fue como Sayyid anunció la llegada de Shams de Tabriz, el evento central de la vida de Rumi.
A la edad de treinta y siete años, Mevlana conoció al errante espiritual llamado Shams. Mucho se ha escrito ya acerca de su relación. Antes de este encuentro, Rumi había sido un profesor de religión eminente y un místico elevado; luego de él, se convirtió en un poeta inspirado y gran amante de la humanidad. El encuentro de Rumi con Shams puede compararse con el encuentro de Abraham con Melquisedec. La siguiente explicación se la debo a Murat Yagan: “Un Melquisedec y un Shams son mensajeros de la Fuente. No hacen nada por sí mismos, sino que traen iluminación a alguien que puede recibirla, alguien que está muy completo o muy vacío. Mevlana era uno que estaba muy completo. Luego de recibirla pudo aplicar este mensaje para beneficio de la humanidad.”
Shams estaba ardiendo y Mevlana se incendió. La asociación de Shams con Rumi fue breve. A pesar del hecho de que cada uno era un espejo perfecto para el otro, Shams desapareció no una, sino dos veces. La primera vez, Sultán Veled, uno de los hijos de Rumi, lo buscó y lo encontré en Damasco. La segunda desaparición, sin embargo, resultó ser la última y se piensa que Shams puede haber sido asesinado por personas resentidas por su influencia sobre Mevlana.
Rumi era un hombre de conocimiento y santidad antes de conocer a Shams, pero sólo después de la alquimia de su relación con él, fue capaz de cumplir la profecía de Sayyid Burjanedín en el sentido de que él “ahogaría las almas de los hombres en una vida nueva y en la abundancia inconmensurable de Dios… y traería de nuevo a la vida a los muertos de este falso mundo aportando… significado y amor.”
Durante los diez años posteriores a conocer a Shams, Mevlana había estado componiendo espontáneamente odas, o gazales, las que habían sido coleccionadas en un gran volumen llamado Diván-i Kabir. Mientras tanto, Mevlana había desarrollado una amistad espiritual profunda con Husamedín Chelebi. Ambos paseaban un día por los viñedos de Meran, en las afueras de Konya, cuando Husamedín le explicó a Mevlana una idea que tenía: “Si escribieras un libro como el Ilahiname de Sanaí, o como el Mantiq’iut-Tayr’i de Faridudín Attar, este se convertiría en la compañía de muchos trovadores. Ellos llenarían sus corazones con tu trabajo y compondrían música para acompañarlo.”
Mevlana sonrió y extrajo del interior de los pliegues de su turbante un trozo de papel en el que tenía escrito las dieciocho líneas iniciales del Masnavi, comenzando con:
Escucha la flauta de caña y la historia que cuenta,
como canta acerca de la separación…
Husamedín lloró de alegría y le rogó a Mevlana que escribiera más volúmenes. Mevlana respondió, “Chelebi, si tú consientes en escribir para mi, yo recitaré.” Y así fue como Mevlana, en los inicios de sus cincuenta años, comenzó el dictado de su obra monumental. Según la descripción que hace Husamedín del proceso: “Él nunca tomó una pluma en su mano mientras componía el Masnavi. Dondequiera que estuviese, ya sea en la escuela, en los baños termales del Ilgin, en los baños de Konya, o en los viñedos de Meran, yo escribía lo que él recitaba. A menudo apenas podía seguirle el paso, a veces día y noche durante varios días. Otras veces no componía durante meses, y una vez estuvo dos años sin producir nada. Al término de cada libro, yo se lo leía de vuelta, de modo que pudiera corregir lo que había escrito.”
El Masnavi puede ser considerado con justicia la más grande obra maestra espiritual jamás escrita por un ser humano. Su contenido incluye el espectro completo de la vida en la tierra; todo tipo de actividad humana: religiosa, cultural, política, sexual, casera; cada tipo de carácter humano desde el vulgar hasta el refinado, así como detalles copiosos y específicos del mundo natural, historia y geografía. Es también un libro que presenta la dimensión vertical de la vida –a partir de este mundo terrenal de deseo, trabajo y cosas, hasta el nivel más sublime de la metafísica y conciencia cósmica. Es su integridad la que nos encanta.

Su entorno espiritual
¿Qué es lo que necesitamos saber para recibir el conocimiento que Rumi nos ofrece?
Antes que nada, debemos entender que la tradición de Rumi no es una tradición “oriental.” No es no de Oriente ni de Occidente, sino que algo intermedio. La lengua materna de Rumi era el persa, un idioma indoeuropeo fuertemente influido por el vocabulario semítico (arábigo), algo así como francés con un chapuceo de hebreo.
Más aún, la tradición islámica que formó a Rumi sostiene que hay sólo una religión, la que ha sido dada a la humanidad a través de innumerables profetas, o mensajeros, quienes han traído este conocimiento del Espíritu para todas las personas. Dios es la Fuente sutil de toda la vida, cuya esencia no puede ser descrita ni comparada con nada, pero que puede ser conocida mediante las cualidades espirituales que se manifiestan en el mundo y en el corazón humano. Es una tradición profundamente mística por un lado, pero con un énfasis fuerte y claro en la dignidad humana y en la justicia social, por el otro.
El Islam es entendido como una continuación de la tradición judeocristiana o abrahámica, que honra a los profetas hebreos, así como también a Jesús y María. Los musulmanes, sin embargo, son muy sensibles al tema de aludir divinidad a un ser humano, aspecto que ellos ven como el error primario del cristianismo. Aunque en el Qur’an, Jesús es llamado “el Espíritu de Dios,” se consideraría una blasfemia identificar a cualquier ser humano en forma exclusiva con Dios. Muhammad es visto como el último de los profetas humanos que trajo el mensaje del amor de Dios.
En la época de Rumi, la forma islámica de vida había generado un alto nivel de conciencia espiritual entre la población en general. La persona típica o promedio era alguien que realizaba abluciones y oraciones en forma regular cinco veces al día, ayunaba de comida y bebida durante las horas de sol un mes al año por lo menos, y seguía estrictamente un código de comportamiento que enfatizaba la remembranza continua de Dios, la intención, la integridad, la generosidad y el respeto por toda vida. Aunque el Masnavi puede atraernos en muchos niveles, requiere de un nivel relativamente alto de conciencia espiritual como punto de partida, y se extiende a los más altos niveles de comprensión espiritual.
El estado humano no iluminado es uno de “falta de fe,” en el cual el individuo vive esclavo del falso yo y de los deseos del mundo material. Las prácticas espirituales que Rumi había conocido están dirigidas a transformar la compulsividad del falso yo y a alcanzar el Islam o “sumisión, entrega,” a un orden superior de la realidad. Si esta Entrega, el yo real está esclavizado al ego y vive en un estado de conflicto interno debido a los impulsos contrapuestos del mismo. El ego esclavizado está desconectado del corazón, órgano de percepción principal de la realidad, y no puede recibir la guía espiritual y nutrición que éste provee.
La superación de esta esclavitud y de esta falsa separación lleva a la realización y al desarrollo de nuestra verdadera humanidad. La madurez espiritual consiste en comprender que el yo es un reflejo de lo Divino. Dios es el Amado o el Amigo, la identidad transpersonal. El amor a Dios lleva al amante a olvidarse de sí mismo, a perderse en el amor de su Amado.

Rumi: Amanecer. Publicado por Editorial Cuarto Propio

Poema de Rumi

Escucha la flauta de caña contar su historia y lamentarse de la separación:

Después que se me ha cortado del cañaveral, mi lamento

hace gemir al hombre y la mujer.

Quiero un corazón desgarrado por la separación para

verter en él el dolor del deseo

Cualquiera que mora lejos de su fuente sueña con el

instante en que volverá a reunirse con ella.

Yo me lamento en cualquier circunstancia, asociándome

a los que gozan como a los que lloran.

Cada uno me ha comprendido según su corazón

pero ninguno ha buscado mi secreto.

Mi secreto, sin embargo, no está lejos de mi gemido,

pero la oreja y el ojo no saben percibirlo

El cuerpo no está velado al alma, ni el ama al

cuerpo pero a pesar de esto ninguno puede ver el alma.

Es fuego y no viento el sonido de la flauta,

¡Qué se haga desaparecer al que no porta esta llama.

El fuego del Amor está en la caña.

El ardor del Amor hacer hervir el mejor vino.

La flauta es la confidente del que está separado

del Amigo sus acentos desgarran nuestros velos.

jueves, 28 de junio de 2007

RUMUI-LA DANZA DEL CORAZÓN


Rumi o la danza del corazón

Cada diecisiete de diciembre desde hace siete siglos, la orden de los derviches danzantes celebra la memoria de su maestro fundador, Yalal ud-Din Rumi, el más grande poeta místico del Islam y, sin lugar a dudas, una de las cumbres de la espiritualidad universal.

La personalidad de Rumi, conocido entre sus seguidores con el apelativo de Mawlana -Nuestro maestro-, es una de las más atractivas y sugerentes de cuantas haya alumbrado el tasawuf o sufismo, conjunto de tendencias místicas desarrolladas en el marco socio-cultural del Islam.

Varias son las aportaciones que integran el legado de Rumi a la humanidad. Como lírico, un corpus poético de más de cincuenta mil versos, entre los que descolla sobremanera el Masnawi, reflexión versificada acerca de la verdadera condición humana, considerado hoy en día por millones de musulmanes como una suerte de segundo Corán persa, lengua ésta en la que fue escrito.

En tanto que pir o maestro espiritual, Rumi dejó tras de sí, a su vez, una orden, la Mawlawiya, cuya metodología extatogénica se sustenta en una triple base, a saber, la música, el canto y la danza. Viva aún hoy en día, si bien con notables diferencias respecto de tiempos pretéritos, dicha orden ha sufrido no pocas adversidades a lo largo de su existencia, la última de ellas: la persecución de que fue objeto por las autoridades turcas, en la medianía de los años veinte de este siglo, a consecuencia de la cual estuvo a pique de ser aniquilada, junto al resto de cofradías sufíes.
Yalal ud-Din Rumi lega, en suma, un cuerpo doctrinal coherente, o lo que es lo mismo, una enseñanza mística que otorga al amor el papel de llave maestra de toda indagación espiritual.

Nacido el treinta de septiembre de 1207 en la ciudad de Balj -mirífico hervidero místico, cuna entre otros de Zoroastro-, situada en los límites de la provincia de Bactria, hoy Afganistán, Muhammad Yalal ud-Din Rumi se crió en el seno de una familia piadosa de alta alcurnia. Así, su padre, Baha ud-Din Walad, formaba parte de una reputada cofradía sufí cuya cadena de maestros -silsilah en árabe- se remontaba de forma ininterrumpida hasta el mismo Mahama. A tenor de lo que aducen los biógrafos de Rumi, fue su padre quien lo inició en algunas prácticas sufíes, cuando éste no era más que un chiquillo.

La endémica inestabilidad política que padeció el Asia Central a lo largo de todo el siglo trece, obligó, no obstante, a la familia en pleno a abandonar Balj. Con todo, lo positivo de dicho vagabundeo errante fue que el joven Rumi tuvo ocasión de conocer en persona a algunas de las voces más señeras del sufismo de todos los tiempos.

Así, en Niskapur, primer destino de su destierro, visitó, acompañando a su padre, al célebre poeta sufí Farid ud-Din Altar, autor de E1 lenguaje de los pájaros. En Bagdad, hizo lo propio con otro gran maestro sufí, Omar Suhrawardi, y en Damasco, a su vez, se entrevistaría con nuestro mayor místico sufí, Ibn Arabi. A propósito de dicho encuentro, se cuenta, y parece ser cierto, que cuando el sabio murciano vio a Rumi tras los pasos de su padre afirmó con un indisimulado gracejo andalusí: "Ahí va un océano siguiendo a un riachuelo”.

A los diecinueve años de edad, Rumi contrae matrimonio con la hija de un noble de la ciudad de Samarcanda. Fruto de dicha unión serán dos hijos. Rumi y su familia al completo se hallan entonces en Laranda, una pequeña ciudad armenia.

El último destino del periplo de Rumi y los suyos será la ciudad de Konya,en el centro de la Anatolia turca. En dicho lugar, auténtico cruce de caminos para las escuelas de desarrollo espiritual tanto occidentales como orientales, se escribirá, andando el tiempo, una de las páginas más bellas del sufismo.

A la muerte de su padre, Rumi pasará a detentar cuantos cargos religiosos y jurídicos dejó vacantes. Investido pir cuando cumplió la treintena, inicia desde entonces una carrera meteórica aplaudida por todos. Sin embargo, el espíritu inquieto y rebelde que Rumi atesora, no tolerará con facilidad la complacencia del éxito. El encorsetamiento de la religión oficial le ahoga, al tiempo que le empuja a seguir buscando otras vías de conocimiento superiores. Rumi, aun sin saberlo, desea la unión final con la divinidad que no es sino el Amor con mayúsculas.

Es en ese punto de incertidumbre vital cuando el destino le coloca ante uno de los personajes más indómitos del sufismo, Shams ud-Din, originario de Tabriz, en el corazón de Persia. La amistad de este hambre le abrirá los ojos, y también el corazón, a un nuevo horizonte ignorado por él hasta entonces, mas le granjeará también la enemistad de algunos de sus más fieles valedores hasta ese momento, incapaces de entender el nuevo rumbo emprendido por el maestro.

Así las cosas, el misticismo de Yalal ud-Din Rumi se enriquecerá con nuevas experiencias incomprensibles y hasta provocadoras para la ortodoxia musulmana de la época. Sin embargo, nada le impedirá continuar su camino de autoconocimiento. Danza, canto y música son los vehículos que utiliza para conducir cuerpo y alma hacia la experimentación de las verdades espirituales eternas.

A instancia de sus seguidores, agrupados ya en torno a la orden Mawlawiya, Rumi, conocido entre los persas como "el ruiseñor de la vida contemplativa", registrará por escrito cuantos poemas brotan de sus labios encendidos por la llama del amor a la divinidad. Muy pronto, el Masnawi, cerca de veinticinco mil versos contenidos en un total de seis volúmenes, será un hecho.

En él se recogen toda suerte de experiencias trascendentales y se pergeña el camino sufí preconizado por Rumi: sonrisa y plegaria se dan la mano. No hay cabida entre los derviches danzantes para el rigorismo ascético de otras órdenes. Tampoco son de los que se apartan del mundo. Antes bien, viven en él, aunque eso sí, sin dejarse arrastrar por su vorágine ilusoria. La actitud contemplativa de Rumi no rehúye, en modo alguno, el compromiso social.
En corto: la riqueza del autor del Masnawi puede colmar el hambre de conocimiento de todo buscador inquieto y desprejuiciado respecto del Islam. Rescatar la figura de Rumi, aquí y ahora, en un mundo sometido al paradigma del choque entre culturas y civilizaciones, resulta provocador cuando no subversivo. En el corazón del mensaje de Rumi reposa lo que ese gran sufí contemporáneo que es Idries Shah denomina unidad de conocimiento entre los diferentes saberes ancestrales. Escribió Rumi:

"¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozoo a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la existencia, ni de la entidad.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Jurasán.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán.
Mi lugar es el sinlugar, mi señal es la sinseñal.
No tengo cuerpo ni alma, pues pertenesco al alma del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Estoy embriagado con la copa del Amor, los dos mundos han desaparecido de mi vida;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana".

Fragmento extraído del libro de Yalal ud-Din Rumi, Poemas sufíes, Madrid: Hiperión, 1988. La versión es de Alberto Manzano.