domingo, 26 de junio de 2011

SOBRE SUFISMO






Se dice que la palabra árabe tasawuf (de donde viene sufismo” significa “vestirse de lana” (suf), que es sinónimo de pureza. Significa despojarse de los adornos innecesarios y buscar lo simple y sencillo. El musulmán se depura con la práctica del Islam para alcanzar la naturaleza del mismo ser humano, aquella que busca lo original, lo que está en la raíz de las cosas.


Debo aclarar que yo no soy sufí, por lo que reconozco mi exposición como limitada. Sí soy lectora y conocedora de textos y de diversas técnicas sufíes, pero no seguidora de ninguna tariqa, ni de ninguna cadena iniciática humana. Se que con ello estoy perdiendo algo muy valioso, la pertenencia a una comunidad y todos los dones de la experiencia acumulada en las turuq. Y sin embargo, prefiero confiarme enteramente a Al-lâh.


Este rechazo a pertenecer al sufismo institucionalizado se debe a varios motivos:


1. Rechazo como contraria a las enseñanzas más básicas del islam la pretensión de que sin un Sheij (maestro) no es posible la realización espiritual del ser humano. En cualquier caso, debo confesar que nunca he encontrado ninguna persona a la cual considerar como un maestro, con todo lo que significa en el sufismo.


Entre otras cosas, porque el sufismo real que he conocido:


2. O bien se presenta en la forma edulcorada de la nueva era del tipo "todo es amor", lo cual nos impide realmente tanto conocernos como incorporar la sombra en el proceso de auto-desarrollo.


3. O es bastante tradicionalista en materia de fiqh, conservando todos los tics del patriarcado.


A esto se le añade un cierto fastidio ante muchos discursos sufíes contemporáneos:


4. La mayoría de los textos de autores sufíes actuales son meras repeticiones sin sustancia de la terminología técnica de los grandes maestros del pasado. La incapacidad de presentar sus enseñanzas en un lenguaje renovado no es sino el signo de la ausencia de experiencia real. Todo es nuevo para aquel que ha realizado la experiencia de la unión.


Mi vinculación con el sufismo es por ello libre. La de una musulmana que busca en la tradición aquellos elementos que le permitan vivir el islam aquí y ahora, como un camino de crecimiento interior, de auto-conocimiento y de mejora de uno mismo. El sufismo que me nutre constituye un pozo sin fondo de secretos, un manantial de vida en el cual saciar nuestra sed de amor, pero también recibir algunas claves que nos permitan integrar la sombra y enfrentarnos a la muerte. Al-lâh es la Luz, pero también es las Tinieblas. Al-lâh es el dador de Vida y el Dador de muerte, y aquí es donde el sufí se separa del espejo.


Tensión Islam espiritual / Islam jurídico


Como el propio islam, el sufismo es transhistórico, y sin embargo puede ser útil situarlo en la historia para comprender su posición dentro del universo del Islam. Hablamos de la creación del califato, como un imperio transnacional basado en el Mensaje del Corán y en la praxis profética. Proceso de codificación del mensaje coránico en forma de legislación, de sistema jurídico que abarca aspectos propiamente religiosos con otros claramente sociales, incluyendo un derecho internacional, reglamentación de las transacciones comerciales, castigos corporales, la moral convertida en ley y las limitaciones de los derechos de las mujeres y de las minorías religiosas.


Es en este marco cuando el sufismo se configura como un movimiento dentro del islam, como un recordatorio de que el islam es, ante todo, un camino espiritual que pretende liberar al ser humano y orientarlo hacia Dios. Un camino de superación y de crecimiento espiritual cuyo máximo objeto es Si el islam legalista o jurídico es para la generalidad, existen también gentes consagradas en cuerpo, mente y alma a la búsqueda de la excelencia.


Así pues el sufismo nace en tensión con el islam legalista. Esta tensión se da entre elta´wîl (hermenéutica espiritual) y una ley establecida por razonamiento deductivo (qiyas), entre vivencia interna y aceptación externa de unas normas deducidas racionalmente de la revelación. El alfaquí normalmente se preocupa de establecer lo correcto y lo incorrecto, deduciéndolo a partir del Corán y de la Sunna. Para el íntimo de Al-lâh la revelación que Dios opera sobre el mundo es constante. Su pretendida cercanía con Dios los desborda. Algunos de ellos se ven abocados a comportamientos contrarios a la norma. Son los malamaties y los maÿnun, los locos de Al-lâh que recorren los caminos de la umma y hacia los que el pueblo siente una atracción instintiva, como hacia aquellos que parecen estar más cerca de Dios, abandonados a Su suerte. De ahí que el llamado ‘culto a los santos’ implique una nostalgia de la experiencia viva de la revelación, en un momento en el cual la Palabra de Dios se ha transformado en dogma.


El ciclo de la santidad (wilayat)


El Sufismo no fue concebido como separado de la esencia del Islam. Todos sus maestros trazaron su iluminación a través de una cadena de transmisión que partía en Muhammad: Silsila. Existe una cadena de transmisión (no únicamente lineal) que va desde Adán hasta Muhámmad, que la paz sea con ellos. Muhámmad es el sello de los profetas y tras la última revelación se inicia el ciclo de la wilayat. Esta palabra se traduce habitualmente como santidad, pero tiene un sentido de complicidad y de compañerismo. El Corán dice que los hombres y las mujeres son walis unos respecto de los otros. Del mismo modo, existe una complicidad entre los hombres espiritualmente iniciados o desarrollados y Dios.


El ciclo de la wilayat: idea de que en cada época existen maestros espirituales que actualizan el sentido interior del Corán. Se pone la atención en Muhámmad como maestro espiritual, como transmisor de conocimiento. Los sufíes citan constantemente y ponen en primer plano dichos del profeta que la religión legalista y meramente externa tiende a obviar, simplemente porque no sabe que hacer con ellos. Por ejemplo: el hecho de que el profeta se comunicase con las cosas, de que afirmase escuchar a los muertos en las tumbas, de que viviese en comunión con todo. También existen algunos aspectos de su trato con sus discípulos que hoy son casi ocultados, como el hecho de que curase heridas con su saliva o de que un rito de iniciación fuese besarse en la boca…


Muhámmad es el sello del ciclo de la profecía y el iniciador del ciclo de la santidad, es al mismo tiempo el portador de un mensaje exotérico, en forma de Sharia revelada, y el transmisor de un mensaje espiritual, de realización interior, la haqiqa. Estos dos aspectos forman un todo. Sin haqiqa la sharia es una cáscara, y sin sharia la experiencia no conduce a la plena realización.


Historia


Comenzando con sus raíces en el tiempo de Muhammad, el Sufismo ha crecido orgánicamente como un árbol de muchas ramas. La causa de la ramificación ha sido con frecuencia la aparición de un maestro iluminado y carismático cuyos métodos y contribuciones a la enseñanza han sido suficientes para comenzar una nueva línea de crecimiento. Un Sufí, en algunos casos, puede ser iniciado en más de una rama para recibir la gracia (baraka) y conocimientos de determinadas órdenes. Siguiendo las etapas que propone Michael Sells, podemos dividir los periodos históricos en:


1. La fase pre-sufí, que incluye la espiritualidad inicial, basada en el Corán, los elementos esenciales del Islam y el Viaje Nocturno del Profeta (miray);


2. el periodo temprano, que incluye las narraciones de las primeras generaciones como Hasan al-Basrî (m. 728), Dhu l-Nun el Egipcio, Rabia al-Adawiyya, Abu Yazid al-Bistami, al-Muhasibi, Yunayd, Abu Talib al-Makki, al-Hakim al-Tirmidhi, hasta Niffari (m. 965). Sus palabras y sus textos han sido transmitidos de forma masiva a través de referencias en textos posteriores;


3. luego le sigue la época formativa de la literatura y la ciencia sufíes, que abarca desde al-Sarrî (m. 1273) hasta Ibn 'Arabî (m. 1240), que marca el final del periodo clásico o de formación, y que abre las puertas al


4. período en el cual se estructuran las diferentes escuelas o hermandades.


5. El período contemporáneo, desde el fin de la formación de los turuq mayores hasta la actualidad.


Este esquema está aquí para mostrar que el sufismo no es una realidad monolítica, sino diversa y compleja. No es necesario pensar las tariqas como mundos cerrados e impenetrables entre sí. Los sufis de una orden pueden visitar las asambleas de otras. Incluso el carisma de un maestro en particular es siempre considerado desde el punto de vista de que es íntegramente un don de Dios. Pero el sufi no se retira necesariamente de la sociedad: no es un monje, y por tanto, las cofradías sufies no son comunidades monásticas.


Se me dirá que el sufismo en su esencia trasciende lo histórico, y por tanto esta clasificación es irrelevante. A esto contestaré que se trata de una pretensión metafísica que pretende eludir la realidad concreta: como todo fenómeno histórico, el sufismo esta sujeto a aculturaciones y transformaciones, ha pasado por diferentes estadios, por períodos gloriosos y otros de decadencia, de espontaneidad y de institucionalización. Sobre todo, en las épocas cuarta y quinta, en el cual se hizo aceptable y entró en connivencia con el poder en determinados contextos, encontrándonos incluso con guerras entre cofradías. Este es el sufismo mayoritario de hoy en día: el de las cofradías institucionalizadas, muy tradicionalistas en todo lo que se refiere al fiqh. Lo cual afecta especialmente a la mujer.


A pesar de las inevitables cosificaciones y el desgaste, el sufismo como movimiento interior, como expresión genuina de la espiritualidad humana, ha seguido alimentando la vida de millones de personas hasta nuestros días. En este sentido puede decirse que el sufismo de las tariqas no es todo el sufismo, sino apenas su institucionalización. Al sufismo le ha sucedido lo mismo que a cualquier otro fenómeno religioso de la historia, encontrándonos con la misma tensión entre la espiritualidad desnuda y la cosificación.


Orígenes meta-históricos del sufismo


Estos son los orígenes históricos, pero desde la perspectiva interior el sufismo no es algo exclusivo del islam histórico, sino un fenómeno eterno y consustancial a la naturaleza humana en su relación con lo divino. En este sentido el sufismo no se quiere diferente del resto de las religiones, y las entiende todas como caminos espirituales antes que como ideologías o doctrinas. Las doctrinas y los dogmas no son sino una cáscara vacía si no son acompañadas de una práctica, de una praxis y de una evaluación constante del adherente de cada religión. ¡Lástima que hoy en día tantos pseudo-maestros hayan olvidado algo tan sencillo e insistan en la fidelidad a las escuelas clásicas de jurisprudencia!


Para comprender esto hay que recuperar el propio significado de la palabra islam como entrega o abandono consciente a Dios. Simplemente, mientras la mayoría de los musulmanes viven el islam de un modo superficial, el adherente del sufismo pretende llevar el islam a sus últimas consecuencias, como un camino de ascensión espiritual, de mejora de su carácter, de pulimentación del ego, de liberación de toda idolatría, especialmente de la más común de las idolatrías: la del propio yo, la pretensión de que somos alguien separado del todo, la pretensión de que somos eternos y de que tenemos el más mínimo poder real.


El sufí es aquel que ha decidido llevar el islam hasta su límite, vivirlo plenamente en cada instante de su vida. No hace de su religión una creencia, sino que intenta vivirla, saborearla plenamente. Para ello, parte de la confianza en que el ser humano es capaz de Al-lâh. Muhammad, dijo que Allah dice: “No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me abarca el corazón del hombre que se abre hacia mí.”


El camino


Así pues el sufí es aquel que ha decidido emprender este camino, que pasa por la lucha contra el bajo ego, por el perfeccionamiento de su carácter y el revestirse de los más nobles atributos. Para ello es necesario una práctica espiritual estricta, que se pretende solo puede ser guiada por una persona de conocimiento, el sheij o maestro. Algunos libros sufíes son auténticos tratados de psicología, que muestran un conocimiento exquisito del alma humana.


El sufismo nos ofrece toda una serie de prácticas (letanías, cantos, respiración, encierros…) cuyo objetivo es el despertar la visión interior y ser capaces de realizarla ilaha ila Al-lâh, es decir: no hay nada que tenga una realidad separada de la Realidad única. Tomar plena conciencia en cada acto de que nosotros mismos no tenemos realidad alguna separados de la Realidad Única, quiere decir que todos nuestros anhelos o sueños de criatura no son más que vanidades si no están vinculados a Al-lâh, si no nacen de la conciencia de que solo Al-lâh existe, y de que nosotros somos nada. El musulmán aspira a borrarse ante a Al-lâh, a aniquilarse en la divinidad hasta desaparecer. Llegar a ese punto en el cual “Todo perece salvo la Faz de Al-lâh”. Es decir: ser capaz de ver a Al-lâh manifestarse en todo lo creado, incluso en la muerte o en las destrucciones más terribles.


Tras esta aniquilación en Dios, es Dios mismo quien nos entrega la subsistencia. Vivir únicamente sostenido por Al-lâh, sin esperar nada de las criaturas, es el objetivo del sufí, lograr el desapego hacia las formas transitorias. Pero no por medio de la renuncia al mundo, sino mediante la plena conciencia de que todas esas formas transitorias son parte del decreto divino, a través de las cuales nos vamos descubriendo.


El sufismo no es sino el propio islam llevado hasta sus últimas implicaciones, vivido plenamente en cada respiración, en cada latido, de modo que ese abandono total en Dios sea el principio matriz de todos nuestros actos, por pequeños o insignificantes que parezcan.


Esta es una invitación a tomar del sufismo sin ser necesidad de declararse sufí ni de caer en las redes de ningún Sheij de tres al cuarto, sin necesidad de pasar por el filtro cultural en el cual el sufismo histórico permanece preso.


Pero Allah sabe más


Fuente web Islam