martes, 19 de mayo de 2009

LENGUAJE DEL MOVIMIENTO DE AZIZA LLORDEN






 ‘EL LENGUAJE DEL MOVIMIENTO’ 

 Aziza Llordén

INTRODUCCIÓN

Cuando, hace años, empecé a investigar en el movimiento, tenía ya la certeza de que por él se podía acceder a un aspecto de la condición humana al que no se puede llegar por otros medios. Entonces no podía imaginar la complejidad del proceso que iría entendiendo más tarde.
Primero tuve que comprender que el movimiento corporal es mucho más que un vehículo de expresión de emociones y que tiene una relación muy directa con la inteligencia, lo que me llevó a tratarlo como un lenguaje: El Lenguaje del Movimiento. El desarrollo sistemático de esta idea fue mostrando algunos de los elementos de ese lenguaje y haciendo así más comprensible lo que transmite. Como eso ya constituía en sí mismo un método de entrenamiento y trabajo, pude enseñarlo y verlo practicar a muchas personas, con grados de intensidad y complejidad muy variados. La observación consiguiente fue poniendo de manifiesto que El Lenguaje del Movimiento habla especialmente de un aspecto del ser humano: de su estado de conexión o desconexión. Paralelamente, me fue revelando qué es la conexión. Podríamos definirla como el grado de complejidad con que un ser está vinculado con la realidad. La mente humana se vincula con una porción de la realidad tan compleja como le permite su propia complejidad. Los animales inferiores se vinculan a un segmento muy limitado de realidad. Según ascendemos en la escala evolutiva, ese segmento se hace progresivamente más amplio. Cuando pensamos en el ser humano, con un proceso de desarrollo intelectual en perpetuo cambio, sencillamente ignoramos hasta dónde puede llegar la conexión… principalmente porque nosotros somos parte de ese proceso.
La ciencia es uno de los medios de los que nos servimos para incorporar nuevos campos a nuestro sentido de la realidad; pero también lo son el arte, la mística o el sentido común.
El Lenguaje del Movimiento ayuda a conocer este proceso y no hay que dudar en calificarlo de espiritual, pues la espiritualidad no es sino un nivel cualitativamente especial de la inteligencia.
El estudio de la conexión con este método me permitió entender su proceso evolutivo y distinguir en él tres fases: lo higiénico, lo psicológico y lo creativo o trascendental. Llamo lo creativo al estado de máxima conexión que puede experimentar un ser y considero que es siempre consecuencia de un proceso de desarrollo anterior. Creo importante resaltar la cualidad necesaria de esas fases, auténticos cimientos sin los cuales la creatividad no puede sustentarse. Están conectadas entre sí por unos espacios a los que llamo puentes: son espacios de consciencia que, al articular los pasos higiénico-psicológico y psicológico-creativo desembocan en la unidad.
Todo lo anterior constituye un modelo. Por la metodología de mi investigación no le atribuyo un carácter científico; lo considero más bien una antropología filosófica y, como modelo que es, no precisa más justificación que su propia coherencia y el refrendo que le otorgue el uso.
Aunque lo fundamental -en cuanto a estructura- ha surgido a base de un trabajo de investigación, en cuanto a inspiración creo que han influido mucho dos aspectos importantes, aunque paradójicos, de mi experiencia personal: el contacto con el arte moderno y con el sufismo tradicional, la mística islámica. Son dos espacios aparentemente dispares, pero conectados entre sí por un parecido anhelo de libertad. Y en ambos he encontrado -de modo menos formalizado en el arte y más en el sufismo- huellas de las fases que señalan el camino hacia lo creativo. Estoy convencida -y sé que en esta certeza no estoy sola- que en ese camino convergen la espiritualidad, el arte y los entendimientos superiores del espíritu. Que el sufismo y el arte moderno puedan estar conectados es un ejemplo del significado del puente y, por extensión, augura posibilidades de entendimiento entre ámbitos culturales muy diferentes si sabemos crear los instrumentos precisos.