martes, 19 de mayo de 2009

LENGUAJE DEL MOVIMIENTO DE AZIZA LLORDEN






 ‘EL LENGUAJE DEL MOVIMIENTO’ 

 Aziza Llordén

INTRODUCCIÓN

Cuando, hace años, empecé a investigar en el movimiento, tenía ya la certeza de que por él se podía acceder a un aspecto de la condición humana al que no se puede llegar por otros medios. Entonces no podía imaginar la complejidad del proceso que iría entendiendo más tarde.
Primero tuve que comprender que el movimiento corporal es mucho más que un vehículo de expresión de emociones y que tiene una relación muy directa con la inteligencia, lo que me llevó a tratarlo como un lenguaje: El Lenguaje del Movimiento. El desarrollo sistemático de esta idea fue mostrando algunos de los elementos de ese lenguaje y haciendo así más comprensible lo que transmite. Como eso ya constituía en sí mismo un método de entrenamiento y trabajo, pude enseñarlo y verlo practicar a muchas personas, con grados de intensidad y complejidad muy variados. La observación consiguiente fue poniendo de manifiesto que El Lenguaje del Movimiento habla especialmente de un aspecto del ser humano: de su estado de conexión o desconexión. Paralelamente, me fue revelando qué es la conexión. Podríamos definirla como el grado de complejidad con que un ser está vinculado con la realidad. La mente humana se vincula con una porción de la realidad tan compleja como le permite su propia complejidad. Los animales inferiores se vinculan a un segmento muy limitado de realidad. Según ascendemos en la escala evolutiva, ese segmento se hace progresivamente más amplio. Cuando pensamos en el ser humano, con un proceso de desarrollo intelectual en perpetuo cambio, sencillamente ignoramos hasta dónde puede llegar la conexión… principalmente porque nosotros somos parte de ese proceso.
La ciencia es uno de los medios de los que nos servimos para incorporar nuevos campos a nuestro sentido de la realidad; pero también lo son el arte, la mística o el sentido común.
El Lenguaje del Movimiento ayuda a conocer este proceso y no hay que dudar en calificarlo de espiritual, pues la espiritualidad no es sino un nivel cualitativamente especial de la inteligencia.
El estudio de la conexión con este método me permitió entender su proceso evolutivo y distinguir en él tres fases: lo higiénico, lo psicológico y lo creativo o trascendental. Llamo lo creativo al estado de máxima conexión que puede experimentar un ser y considero que es siempre consecuencia de un proceso de desarrollo anterior. Creo importante resaltar la cualidad necesaria de esas fases, auténticos cimientos sin los cuales la creatividad no puede sustentarse. Están conectadas entre sí por unos espacios a los que llamo puentes: son espacios de consciencia que, al articular los pasos higiénico-psicológico y psicológico-creativo desembocan en la unidad.
Todo lo anterior constituye un modelo. Por la metodología de mi investigación no le atribuyo un carácter científico; lo considero más bien una antropología filosófica y, como modelo que es, no precisa más justificación que su propia coherencia y el refrendo que le otorgue el uso.
Aunque lo fundamental -en cuanto a estructura- ha surgido a base de un trabajo de investigación, en cuanto a inspiración creo que han influido mucho dos aspectos importantes, aunque paradójicos, de mi experiencia personal: el contacto con el arte moderno y con el sufismo tradicional, la mística islámica. Son dos espacios aparentemente dispares, pero conectados entre sí por un parecido anhelo de libertad. Y en ambos he encontrado -de modo menos formalizado en el arte y más en el sufismo- huellas de las fases que señalan el camino hacia lo creativo. Estoy convencida -y sé que en esta certeza no estoy sola- que en ese camino convergen la espiritualidad, el arte y los entendimientos superiores del espíritu. Que el sufismo y el arte moderno puedan estar conectados es un ejemplo del significado del puente y, por extensión, augura posibilidades de entendimiento entre ámbitos culturales muy diferentes si sabemos crear los instrumentos precisos.







Higiénico, psicológico, creativo del libro

Higiénico, psicológico, creativo, pueden ser contemplados como fases cronológicas del ciclo vital, pero coexisten en cualquier momento de la vida y se pueden hacer patentes en todo proceso de aprendizaje. Es decir, tanto podemos ver la evolución vital de un individuo a grandes rasgos y encontrar en ella esos ciclos, como analizar el desarrollo de un trabajo artístico y encontrarlos también, pues lo que dibujan es el esqueleto de la creatividad.
Ya he dicho antes que esta estructura tiene para mí el rango de un modelo. Los procesos de evolución humana se pueden contemplar de formas diferentes que no se excluyen entre sí, pues toda antropología, religión o cultura, tiende a generar ideales de seres humanos y a esbozar los caminos para llegar a ellos, resultando así modelos diferentes del proceso de cambio, que se plasman en sistemas de aprendizaje.
En nuestra cultura, los modelos psicológicos de la evolución infantil tienen un carácter científico pues describen procesos que nos parecen necesarios o universales -muy ligados a cambios de naturaleza biológica- desde el momento de la concepción a la madurez psicofísica. En los niños, conocemos el proceso -muy similar en todas las culturas- por el cual se desarrolla el lenguaje, la sociabilidad y el pensamiento, desde su estado primario de incapacidad hasta esa primera forma de maduración que llega con la adolescencia. A partir de ese momento, las posibilidades de cambio en una u otra dimensión son  más abiertos, pues se diría que el adulto ya no crece impulsado por la naturaleza, sino por una combinación de sus propias elecciones y de las exigencias del medio. Por ello, los modelos que describen los cambios y la evolución en la vida adulta, desde los relativamente sencillos que pueden estar implicados en el aprendizaje de una rutina de trabajo a la complejidad que conlleva el perseguir un objetivo de crecimiento ideal, están sujetos a objetivos y circunstancias diferentes. El que haya varios modelos posibles es una prueba de la libertad humana, abierta a la autodeterminación.
Lo que voy a exponer es un modelo del proceso de evolución hacia la creatividad tal como se manifiesta en El Lenguaje del Movimiento.
Este lenguaje, de forma más completa que otros lenguajes, tiene la virtud de desvelar matices que de otro modo quedarían ocultos y por ello revela el proceso de evolución hacia lo creativo. Pero ahí termina para mí su utilidad, ya que el modelo desarrollado me parece extrapolable a todos los procesos -naturales o intencionales- de evolución a la creatividad.
El camino hacia lo creativo empieza en lo higiénico y pasa después por lo psicológico, con un puente entre lo higiénico y lo psicológico y otro entre lo psicológico y lo creativo.





LO HIGIÉNICO

Lo higiénico (de ‘Higeia’, diosa griega de la salud, llamada ‘Salus’ por los romanos) designa los elementos básicos para el buen vivir que tienen lugar con menor participación de la consciencia, como los hábitos y automatismos. En el movimiento, son los matices y recursos posturales que están ya integrados en pautas habituales.
El concepto fundamental de lo higiénico es la similitud, aquello que tenemos en común con los otros.
Es el nivel que se desarrolla antes de que el Yo adquiera importancia en la personalidad. Es más, para que pueda desarrollarse, es preciso que el Yo no haya cobrado fuerza, porque lo higiénico exige unas condiciones de adaptabilidad y plasticidad. Este nivel supone el despliegue de las tendencias genéticas comunes a la especie y la adquisición de los aprendizajes compartidos con el grupo al que se pertenece.
El primer paso en lo higiénico es la entrada en el espacio.
El primer paso nos confronta con el hecho ineludible de que uno está siempre situado en algún punto o que se mueve en alguna dirección o con referencia a otros puntos. Esto supone situación, movimiento, perspectiva.
El movimiento en el espacio sigue líneas direccionales: vertical, horizontal, diagonal. Estas líneas acompañan a la consciencia del espacio en el sentido de que, tras la entrada en él y la consiguiente desorientación, la mente se acomoda y se sitúa mediante las líneas y las direcciones. Podríamos decir que éstas «organizan» el espacio, permitiendo la consciencia del mismo; sin ellas, el estupor inicial causado por la entrada impediría la percepción.
La Vertical es concentración, interiorización, individualización.
La Horizontal: comunicación, expansión, homogeneización.
La Diagonal: el dinamismo entre ambas.
Cuando la reacción al encuentro con el espacio es de aceptación y satisfacción, se produce un desarrollo de los sentidos. Los estímulos son la respiración, el sonido, la vista, el gusto y el tacto. Por el contrario, cuando la reacción es de no aceptación e insatisfacción, sobreviene la ansiedad.
Los sentidos proporcionan un conocimiento del espacio que, unido a la organización del mismo por las líneas direccionales, constituye el apoyo fundamental para desenvolverse en él.
El desarrollo de los sentidos sigue la regla de la piel, el músculo y el hueso -regla que constituye mi análisis de la sensibilización- y, cuando no se desarrollan de este modo, siguen la pauta de la frivolidad.
Piel-músculo-hueso representa la profundidad de la percepción sensitiva.
La construcción que hacemos de la realidad no es una imagen plana; tiene profundidad. Esto significa que, al igual que en nuestro conocimiento de las cosas está incluida su interioridad, en nuestro conocimiento de las personas está incluida su subjetividad. Cuando las percibimos sin subjetividad las reducimos a objetos.
Percibir desde la piel es ver sólo el aspecto de las cosas, saber que están ahí y lo que parecen. Percibir desde el músculo es captar la complejidad interna de las cosas y las personas, su esfuerzo por estar en el mundo. Percibir desde el hueso es percibir la esencia, el sentido de la presencia de las personas y las cosas en el mundo.
Piel se relaciona con el sentido de la vista y con la sensibilización primaria en general (piel-músculo-hueso es sólo una regla simbólica, de ahí que «piel» no coincida con el tacto, sino con la vista).
Músculo está relacionado con el gusto, olfato y tacto, es decir, aquellos sentidos que exigen contacto o proximidad física con el objeto. Por eso el músculo nos habla de compromiso e implicación. Mientras que el conocimiento de piel se nutre de datos, de estímulos que sensibilizan al organismo, pero que no lo movilizan, el conocimiento de músculo sí supone un organismo movilizado porque requiere una relación directa con el objeto.
Hueso se relaciona con el sentido del oído, con la espiritualidad y la contemplación, con la palabra. El sentido de hueso presupone el conocimiento que da el músculo e ir más allá de él. Por eso puede nutrirse de significados. Pero el hueso no es superior al músculo, ni éste a la piel. Simplemente, cada nivel es consecuencia del anterior. El conocimiento de músculo que no se ha nutrido antes del discernimiento que da la sensitividad no respetará el objeto. El conocimiento de hueso que no ha tenido la experiencia directa que da el músculo degenera en la sabiduría como espectáculo.
Cuando los sentidos se desarrollan según la regla piel-músculo-hueso, evolucionan de modo convergente. Entonces los procesos mentales inconscientes cruzan las diversas informaciones, proporcionando una percepción más compleja y unitaria del espacio. Cuando esa percepción llega a la consciencia, revelando un conocimiento que ignorábamos poseer, hablamos de intuición.
La sensibilización ahorra gran cantidad de energía psíquica, porque nos permite reaccionar funcionalmente ante los cambios evitando la rigidez de un comportamiento preestablecido. Permite captar matices que pasan inadvertidos si la atención está demasiado centrada en uno mismo. Proporciona a algunas personas algo que los demás suelen percibir como seguridad y que, cuando es auténtica, no es el resultado de estar obsesivamente pendiente de todo sino, al contrario, de la confianza en la percepción de las cosas y que ese conocimiento proporcionará la pauta correcta de acción. Permite la tan anhelada naturalidad en las situaciones más diversas. En definitiva, libera a la consciencia de mucho trabajo, lo cual la deja disponible para otro tipo de tareas.
La intuición no es algo mágico ni caprichoso. Presupone todo el desarrollo higiénico. Es el resultado natural del conocimiento del espacio mediante la sensibilización.
La intuición se expresa por medio del sentimiento.
Los sentimientos no son algo espontáneo, aunque así lo parezcan debido a que el procesamiento en que se basan es en gran parte inconsciente. Son equilibrados si responden a una percepción auténtica de la realidad, y esto ocurre cuando existe conocimiento del espacio.
El efecto del sentimiento es medirse.
Como los sentimientos -que resultan de los procesos perceptivos antes mencionados- se van desarrollando a medida que el Yo se constituye y expresan un conocimiento en profundidad de las realidades ajenas, constituyen un primer «feed-back» que pone de manifiesto los propios límites. A esto lo llamo medirse higiénico. Es un anticipo de lo que en lo psicológico nombraremos los objetivos del yo, pero que allí estarán elaborados por ser una determinación que el yo hace de sí mismo, una proyección futura. Medirse es algo mucho más básico, es como verse en un espejo. En el movimiento se expresa por cualquier forma de ajuste al movimiento de los otros.
Todo el desarrollo higiénico se resume y se muestra en la asimilación higiénica, que es la manifestación verbal del sentimiento. Por ella, lo sentido se hace palabra y sale al espacio, a un ámbito público. Desde el momento en que el sentimiento es expresado pasa a ser de los otros, al menos compartido, y para que esto sea posible debe tener algo en común con el mundo de sentimientos de los otros. El sentimiento que no puede ser expresado niega el espacio y queda refugiado en el magma indiferenciado que son las pulsiones y fantasías internas, mostrando que la percepción del espacio no ha sido asimilada y que, debido a ello, no se ha desarrollado la intersubjetividad.
La imposibilidad de transmitir el sentimiento en términos comprensibles, supone la tácita creencia de que los sentimientos propios no tienen nada en común con los de los otros, como si no ocurriesen en la realidad que compartimos sino en un universo autónomo incomunicado. Son sentimientos ‘en refugio’.
Toda la dificultad que tiene el momento de la asimilación higiénica no es sino la dificultad propia del desarrollo higiénico, que se materializa en la expresión verbal. No es una dificultad específica de ese momento, sino la expresión de un desarrollo higiénico incompleto.
La asimilación higiénica es fluidez verbal, porque la palabra fluye directamente del sentimiento. Pero todo el desarrollo higiénico es fluidez. El movimiento en esta etapa tiene que llevar a una circulación de la energía por todo el cuerpo en igual intensidad, sin puntos de corte. Pero la facilidad que se puede percibir en un movimiento así es sólo aparente. La fluidez es resultado de una adecuación total entre el espacio y sus contenidos, que se expresa en el reconocimiento.
La asimilación higiénica da acceso al puente hacia lo psicológico.
Un puente es el espacio no codificado que une dos espacios codificados. La posibilidad del puente aparece en el límite de los códigos, permitiendo que conecten unos con otros; por eso el puente es lo contrario a la división: une por diferenciación. Es el espacio de la consciencia porque está liberado del compromiso con un ámbito específico.
Cuando dos personas que hablan idiomas desconocidos para ambos se encuentran, se produce un vacío de comunicación, una ausencia de códigos, pues los que emplean habitualmente han llegado al límite. Pero si tienen un desarrollo higiénico suficiente podrán ser conscientes del puente entre ambos, no confundirán diferencia con división y llegarán a ser capaces de pasar del código del uno al del otro sin que ello suponga renunciar al propio.
Lo importante es que no se puede acceder al nuevo código si se niega el espacio entre los dos. Es un momento para la consciencia y la reflexión. La inercia del sistema en el que habitamos se detiene. Somos conscientes de sus límites, de nuestros límites, de lo precario de nuestra seguridad. El que exista ese lugar, breve y delicado, hace posible la libertad, porque en él se decide el intento de cambio.
El espacio que ocupan las articulaciones en el cuerpo es mínimo, pero es ese mínimo el que «articula» las partes en un todo. La salud de las articulaciones es la flexibilidad y garantiza la libertad de movimientos. Del mismo modo, la salud y la flexibilidad mental -y, por tanto, la libertad personal- son idénticas a la posibilidad de establecer puentes entre códigos.
La dificultad propia del puente es la desorientación, que viene a ser repetición de la que produjo el encuentro con el espacio, pero ahora con un significado diferente; se produce porque se teme perder la seguridad conseguida. Se teme el cambio y el vacío que produce la inminencia del mismo (todos conocemos los consejos para el vértigo: no detenerse, no mirar hacia abajo, no pensar en la altura; es decir, no confundir el puente con un código, aceptar su naturaleza de nexo).
El desarrollo higiénico provoca naturalmente el deseo de cambio. Como el fruto maduro, que cae no por decisión, sino por su propio peso; la densidad alcanzada -o complejidad biológica- le impide seguir indiferenciado en el todo orgánico del árbol, lo aboca irrenunciablemente al proceso de individuación. Así, la mente, fortalecida en el proceso higiénico, ha cobrado densidad -o complejidad- en su interacción con el espacio y esto hace posible la ‘re-flexión’, que es la vuelta del pensamiento sobre sí mismo.
El proceso de reflexión tiene lugar en el puente, pues el conocimiento del espacio hace posible pensar sin una referencia externa. Puede ocurrir un encuentro con el Yo con bases; pero si no hay posibilidad de reflexión -de pensamiento autónomo-, si no se puede estar fuera de un código, no se puede estar en el puente.
He encontrado cuatro procesos alternativos por los cuales se evita el puente hacia lo psicológico: ansiedad, frivolidad, hipertrofia de la sensibilidad y competitividad.
Seguir uno de estos procesos no impide que se desarrolle lo psicológico (lo cual sería ya un déficit patológico), pero es causa de que al Yo -que se desarrolla de todas formas- le falte la cualidad que permite el acceso a lo creativo. Como un árbol que no es fecundado, que puede crecer y fortalecerse, pero no dar fruto.
El puente hacia lo psicológico no es la vía exclusiva, pero es la única que, al final de lo psicológico, permite abrir otro puente que impide al yo agotarse en sí mismo.
La ansiedad se produce justo al principio del desarrollo higiénico, cuando la reacción al encuentro con el espacio no es de aceptación y satisfacción. Aquí encontramos uno de los puntos clave que revelan la inmensa posibilidad de libertad que conlleva el desarrollo humano. No hay una causa que explique por qué algunas personas reaccionan con aceptación y otras sin ella; y, si la hay, no es accesible para nosotros. Lo que sí es accesible es el proceso que tiene lugar a continuación.
Cuando no hay aceptación, lo que significa, no lo olvidemos, no haber superado la primera impresión de desorientación, se produce la ansiedad, estado psicológico que corresponde al sentimiento del miedo. El espacio, lejos de ser percibido como un ámbito habitable, se percibe como vacío, lo cual origina el miedo. Hablamos de percepciones y experiencias que no son conscientes o sólo lo son en parte. Algunas de ellas están registradas tan profundamente que sólo las revela El Lenguaje del Movimiento. Es el cuerpo en movimiento el que muestra la experiencia del miedo al vacío.
La ansiedad impide que se lleve a cabo el proceso higiénico, que culmina en el puente hacia lo psicológico; pero el ser, impulsado por su propia inercia, continúa su marcha hacia la formación del yo. Lo psicológico tendrá entonces que suplir todo el proceso higiénico no realizado y lo hará hipertrofiándose. El yo se volverá hipervigilante como consecuencia del profundo temor que arrastra, excesivamente consciente de sí a causa de la desorientación original. Su proceso de evolución acabará repetidamente en callejones sin salida que le exigirán, en el mejor de los casos, suplir una y otra vez las carencias acumuladas en lo higiénico. El yo hipertrofiado nunca logrará la ligereza que precisa el puente hacia lo creativo y, en su lucha constante consigo mismo, cada solución sólo añadirá más peso. El único remedio será completar el desarrollo higiénico desde su inicio, superando el miedo al espacio. Pero ahora será mucho más difícil porque el yo, ya desarrollado, se resistirá a la cura de humildad que es lo higiénico; aún más difícil, porque se trata de una humildad obligada -situarse en el común denominador de lo humano-, no una humildad de la que el yo pueda, paradójicamente, enorgullecerse considerándola un atributo más.
La segunda desviación alternativa es la frivolidad. Se produce en un momento más avanzado que la ansiedad, en la sensibilización.
Cuando se desarrollan, los sentidos van desplegando su función natural; canales de recepción de información y de estímulos que permiten que el organismo se active y se mantenga orientado, siempre con referencia al espacio real. Mas esa referencia se puede perder y lo sensorial convertirse en un fin en sí mismo, dando lugar a un acomodamiento en los sentidos. Entonces, la sensación misma deviene única información relevante. No hay conocimiento en ella porque se ha perdido la referencia al espacio del cual informa. Se siente, no para saber, sino para sentir más.
La tercera desviación se produce en el mismo punto, y es la hipertrofia de la sensibilidad. Aquí, lo sensorial no se acaba en sí mismo, mantiene su función cognoscitiva, pero la información y los estímulos que aporta no redundan en sentimientos que los resuman; no hay una elaboración interna, como si siempre se quisiese saber más.
A diferencia de la frivolidad que, debido a su carácter cerrado, suele ser estrecha cognitivamente, la hipertrofia sensorial amplía su campo sin cesar, se diversifica y extiende sin llegar a producir nada. Falto del conocimiento y de la facilitación del comportamiento que da la intuición, el organismo se ve abocado a sentir más para mantenerse orientado. Tal despliegue termina por absorber la consciencia del yo, que sólo debe ocurrir tras el puente de lo higiénico a lo psicológico; y al puente sólo se llega por la asimilación higiénica.
Pero la hipertrofia sensorial no es una llegada a la consciencia del yo por una vía alternativa, sino una absorción; la consciencia del yo se retrotrae al nivel higiénico en el que no tiene sentido, pues no es real.
La cuarta desviación se produce aún más tarde y es la competitividad. Antes, el proceso de la sensibilización se ha desarrollado y ha dado lugar a la intuición. No se ha confundido el papel de la sensibilidad y ésta ha dado sus frutos. Entonces tiene lugar, inevitablemente, el medirse higiénico, la confrontación de la propia situación en el espacio con la de los otros. Pero puede ocurrir que no se acepte el resultado de dicha confrontación y aparezca una competitividad fuera de lugar. Está fuera de lugar porque competir es una función del yo y el yo no tiene sitio en lo higiénico. Pero no por fuera de lugar es menos común.
La competitividad, que es una variante del miedo -el miedo a ser menos-, reclama un yo fuerte que equilibre una situación que se percibe como inferior (erróneamente, porque en lo higiénico no hay superior ni inferior, sólo hay arriba y abajo) y busca, como la ansiedad, un acceso directo a la consciencia del yo, evitando así la asimilación higiénica y el puente hacia lo psicológico. No puede ser de otra manera, porque la asimilación higiénica requiere que haya aceptación del medirse higiénico.






LO PSICOLÓGICO

Tras el puente hacia lo psicológico se produce el encuentro con el Yo. Como en lo higiénico, aquí hay un proceso natural, el yo como trámite, y tres alternativos: el culto al ego, la vía oriental y la vía asistida.
El yo como trámite
La considero la línea natural. En ella el yo es más un instrumento que un fin. Más el vehículo del viaje que el objetivo del mismo. Algo que está destinado a desaparecer una vez cumplida su tarea. Esta línea sigue los pasos siguientes: compromiso, implicación, ver al otro y puente hacia lo creativo.
La primera respuesta al encuentro con el yo es el compromiso. El yo conoce ya el espacio y su lugar en él. Su autonomía le lleva a poder disponer de sí mismo. La relación con el espacio, con la realidad, ahora no es exclusivamente de aprendizaje y asimilación. El yo puede devolver parte de lo aprendido, pues tiene ya una voz –la asimilación higiénica– que le permite transmitir su experiencia. Y por tener voz tiene un lugar (y no al contrario) y es desde ese lugar que puede responder. Responsabilidad significa capacidad para responder.
El compromiso es el vínculo mental del yo con las cosas y con los otros, porque desde el lugar en el espacio que ahora tiene puede establecer el significado que las cosas tienen para él y moverse en función de ese significado. Es decir, el Yo forma ahora parte del movimiento, al que presta tanto la orientación que le permiten sus significados como la carga que suponen los mismos. La respuesta al espacio y a lo que hay en él ya no puede ser directa; en adelante es filtrada por un proceso interno.
Así pues, la base del compromiso no es otra que la atribución de significados. El que estos sean más o menos conscientes y el que el movimiento sea más o menos coherente con ellos tiene que ver con la fuerza y la salud del compromiso; pero el que no existan consciencia y coherencia o el que estas sean débiles no quiere decir que no haya significados en absoluto, es decir, intereses.
El compromiso deviene implicación –el segundo paso- cuando el vínculo, además de mental, se hace emocional. Las emociones son pautas de respuesta y acción que movilizan grandes cantidades de energía y, para ello, ‘implican’ al organismo entero. El miedo, por ejemplo, es una respuesta orgánica global –por eso es desagradable, porque va acompañado de sensaciones- y gracias a ello se pone en la huida mucha más energía de la que se pondría si el miedo fuese una apreciación de riesgos meramente cognitiva. Como el compromiso plantea una tarea y ésta es siempre difícil (utilizo la palabra ‘tarea’ en un sentido amplio, que va desde la huida de un peligro hasta la ejecución de una obra artística, el sentido original del término latino ‘agenda’: lo que hay que hacer) el yo tiene que implicarse para movilizar la energía que le permita afrontarla.
Pero si damos a esta interpretación de las emociones un sentido no exclusivamente psicológico, sino además trascendente, es decir, contemplamos las emociones –la implicación- desde la perspectiva de la evolución espiritual nos encontramos con que, gracias a ellas, el yo conoce su energía; y la cantidad de ella que está dispuesto a movilizar por algo le muestra dos cosas de sí: una, el verdadero valor que tiene ese algo para él y otra, el verdadero límite de sí mismo, que es el de su energía, no el de sus intenciones. Así, la implicación proporciona un conocimiento del sí mismo en acción, el único conocimiento real.
El tercer paso es ver al otro y es una consecuencia del verse a sí mismo. Podríamos decir que antes de la implicación la autoimagen es plana. Y adquiere volumen cuando el yo ve su energía y los límites de ésta. La implicación, al estar ligada a lo fisiológico, confiere realismo a la imagen de sí, una combinación de orgullo y humildad; siempre se tiene más energía de la que se cree, pero nunca sobra para la tarea del yo. Este conocimiento predispone a la compasión (en su significado de ‘sentir con’) y permite ver al otro, cuya imagen ya no es plana.
Ver al otro encamina al puente hacia lo creativo porque tiene un efecto multiplicador. Rompe la fantasía de una perspectiva, de un lugar privilegiado desde el cual ver el mundo, impide las fantasías sobre el yo y pone de manifiesto la ignorancia acerca de la realidad. Viendo al otro, el yo descubre que lo que creía una mirada limpia sobre el mundo era una defensa de su pequeño rincón. Sabiendo que ignora la Realidad, ha dado el primer paso hacia ella.
Culto al ego
Es esta una consecuencia de las vías alternativas –en particular, la de la ansiedad- en lo higiénico. Al no cumplir correctamente el proceso higiénico, el yo se hipertrofia para cumplir las funciones que no han quedado incorporadas higiénicamente. El síntoma inequívoco es la imposibilidad de la serenidad, sustituida por la hipervigilancia y la necesidad de defensa del yo. Esta autodefensa impide reconocer las tendencias.
Las tendencias son las líneas básicas que condicionan la personalidad, la limitan y, al mismo tiempo, la hacen única. Es decir, aunque condicionan al yo no son el yo; y sólo un yo dispuesto a reconocer algo que no sea él puede verlas como tales tendencias. Pero el yo hipervigilante, además de no reconocerlas, las justifica en función de sus objetivos y hace del ‘yo soy así’ su lema.
El culto al ego conduce inevitablemente a la frustración, precisamente porque las tendencias imposibilitan alcanzar los objetivos. La frustración, a su vez, lleva a la crisis en la cual se experimenta con toda su crudeza la contradicción entre los objetivos y la realidad del yo.
La única vía de salida es la reafirmación del yo mediante la negación de la contradicción. La otra vía, el abandono de todo objetivo y la instalación en la impotencia del yo –la depresión- no la contemplamos aquí porque entra en el terreno de lo patológico.
La reafirmación del yo instaura un círculo vicioso: culto al ego-frustración-crisis, una tensión en la que el yo se puede debatir a perpetuidad y que consumirá la mayor parte de su energía.
Vía oriental
El adjetivo ‘oriental’ no tiene aquí significado geográfico. Lo utilizo para designar aquellas vías –tanto de Oriente como de Occidente- que pretenden alcanzar lo creativo sin pasar por lo psicológico. Ignorando la posibilidad del yo como trámite, lo ven sólo como causa de la frustración, como un enemigo a combatir, concibiendo únicamente dos formas de vida: una presidida por el ego y otra por su negación.
Cuando personas pertenecientes a tradiciones culturales ajenas a la negación del ego (no ‘orientales’) intentan emular esta vía, caen sin saberlo en la frivolidad de dejar que el yo siga su curso de autoafirmación, ahora aún más justificada con el adorno de su propia supuesta negación. Esta vía tiene sentido cuando un entrenamiento cultural de siglos permite la verdadera negación del yo y, aún en ese caso, sólo tiene éxito en unos pocos individuos. Pertenece a las primeras formas que encontró el ser humano de afrontar la contradicción entre el yo y la Realidad.
Vía asistida
El yo como trámite puede ser sustituido por la línea asistida, en la cual los procesos que allí tenían lugar de forma integrada son descompuestos paso por paso y se recibe ayuda tanto para tomar consciencia de la estructura como para resolver las dificultades que depararán las sucesivas etapas.
En el yo como trámite el compromiso sigue al encuentro con el yo como algo natural. En la línea asistida hay que analizar el proceso que lleva al compromiso. Al hacerlo, lo primero que se revela a la consciencia son los contrastes.
En el movimiento se experimenta la diferencia entre
ondulado/quebrado
simétrico/asimétrico
introversión/extroversión.
Como los contrastes se presentan en forma bipolar, son el instrumento idóneo para que quede de manifiesto la tendencia a ir hacia uno de los polos. Tal si se tratase de un imán, cada polo atrae a una tendencia. La constancia de esa identificación polo-tendencia permite ir bosquejando el sistema de tendencias del Yo, tal como se manifiesta en el movimiento y, dado que el movimiento acompaña continuamente al yo, el conocimiento así adquirido no tiene la categoría de una suma de datos –a la manera de un diagnóstico clínico- sino que pasa a integrar de modo inexcusable el conocimiento global que el yo tiene de sí mismo.
A partir de ahí, resulta también inexcusable la confrontación de los objetivos que el yo se había marcado desde la ignorancia de las tendencias con éstas, que se revelan ahora como poco realistas en el sentido de que no se adecuan a la realidad del yo. El proceso –lento y progresivo- por el cual se va confrontando la realidad de las tendencias con los objetivos –muchas veces poco conscientes o mal definidos- está teñido de una frustración creciente que termina en una crisis, en la cual se confrontan conscientemente las tendencias, ahora conocidas, con los objetivos, ahora reconocidos.
Esta crisis es diferente de la que se produce en el culto al ego, pues aquella era una crisis de ribetes neuróticos, con tendencia a la repetición y una vivencia de fatalismo debida a la no comprensión del mecanismo de la crisis.
Sin embargo, cuando a través de la línea asistida la revelación de las tendencias y la confrontación con los objetivos han tenido lugar progresivamente y el conocimiento de las tendencias tiene ese carácter integrado que proporciona verlas manifestarse en el movimiento, entonces la crisis no es de repetición sino de crecimiento y se supera con la intención de dejar tras el conflicto tendencias-objetivos.
Dicha intención se plasma en la actitud del compromiso. La palabra ‘compromiso’ tiene aquí todo su sentido, pues se trata de una auténtica transacción del yo entre lo que creía desear y aquello que ahora sabe que le impide conseguirlo. La actitud del compromiso se manifiesta:
físicamente, en el músculo, ya que el tono muscular indica en todo ser vivo su disposición a la acción; desde la laxitud o no acción (sueño, muerte, depresión) hasta el agarrotamiento (pánico, sobreexcitación) que es otra forma de no acción, pasando por los diferentes grados de tonos musculares necesarios según el tipo y la intensidad de las acciones.
mentalmente, en la atención, que revela la disposición para la acción mental; sus extremos que, como en el músculo, también son formas de no acción: la dispersión mental y la indiferencia en un extremo y la hipervigilancia, la obsesión y el fanatismo en el otro.
emocionalmente, en el afecto, que es la vinculación de la emoción con algo exterior al yo y tiene también sus extremos: la frialdad emocional y la dependencia afectiva, ambas negaciones del afecto en último término.
En el yo como trámite el compromiso daba paso a la implicación, que suponía la movilización de gran cantidad de la energía del organismo en función del objetivo. Pero en la línea asistida no se produce sin más esa movilización, porque las tendencias no secundan el objetivo. Es por ello que aquí la movilización va dirigida en primer lugar a la transformación de las tendencias.
El compromiso con el objetivo trascendente genera un objetivo secundario: la propia transformación. Pero no se trata de una transformación psicológica en la que el yo se lanza la tarea de modificar aquellos aspectos de la personalidad que le hacen infeliz o que son causa de trastornos. Se asemeja más a la transformación que un deportista de élite impone a su cuerpo: el objetivo último no es la salud física, sino poder responder a los esfuerzos que implicará el cumplir sus metas deportivas, que no tienen nada que ver con la salud o para las cuales la salud física es sólo un medio.
La transformación de las tendencias en función de un objetivo trascendente pone de relieve más que ninguna otra cosa lo que quizá constituya el mayor obstáculo que encuentra la mentalidad occidental en la comprensión del proceso creativo, a saber: que, como el objetivo se coloca fuera del yo –por eso lo llamamos trascendente- los beneficios no son para el yo; ni siquiera el cambio que pueda acontecer en la personalidad importa como enriquecimiento, pues no se perseguía por su valor como tal. Más que enriquecerse, el yo ‘se empobrece’ para enriquecer lo trascendente.
Con esto llegamos al riesgo. Todo proceso creativo entraña un riesgo. Por ejemplo, no reconoceríamos, como verdadero artista, a alguien que no corriese al menos en algún momento el riesgo de no ser entendido, no ser aceptado, no ser recompensado. Y esto no supone que esa falta de recompensas sea necesaria al verdadero artista o que éste deba huir del éxito. Supone sólo que, en aras de un objetivo creativo, él debe estar al menos dispuesto a correr el riesgo de no ser reconocido. Si no lo corre y actúa sobre seguro haciendo de la aceptación su objetivo prioritario, nadie podrá reprochárselo pero tampoco podrá llamarse arte creativo al producto de ese cálculo. Aunque la aceptación del riesgo tampoco garantiza alcanzar el objetivo trascendente, es un componente necesario del proceso.
El primer riesgo consiste en transformar las propias tendencias en función de algo que no es el yo. Esta transformación libera la energía que estaba destinada a atender el conflicto entre las tendencias y el objetivo y permite, por tanto, que esa energía fluya hacia el objetivo en forma de implicación, confluyendo así con el yo como trámite en el proceso hacia lo creativo.



Estas fotos no son de Aziza Llorden, pero si de un trabajo conectado con ella, despues que Aziza  partió al mundo espiritual.
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